18 julio 2017

Bascopé, la veta de los sueños

René Bascopé
Cada vez que se hacen homenajes a René Bascopé Aspiazu me pongo a pensar cómo sería René ahora, qué más habría producido en literatura, si se hubiera embarcado en la política, si tendría el cabello blanco como yo, si hubiera persistido en la narrativa, en la poesía o en el ensayo.

Son preguntas sin respuesta porque René murió hace más de tres décadas, lleva muerto tantos años como los que vivió, es un muerto de 32 años con la misma cara jovial, un poco pícara, que tenía cuando una colega periodista le disparó accidentalmente un tiro tan desafortunado que le atravesó el vientre perforando cinco órganos.

Puede parecer una ventaja morir temprano y ser recordado con la lozanía de la juventud, como James Dean o Marilyn Monroe, pero a diferencia de ellos cuyo físico era el principal atributo, fue lamentable para un escritor como René que tenía talento para crecer en la vida. Puedo tener certeza de dos cosas: René no hubiera dejado nunca ni la literatura ni Bolivia. Tenía una veta soñadora íntimamente ligada al lugar que él podría ocupar en la literatura de este país “tan solo en su agonía”, al decir de Gonzalo Vásquez Méndez.

René Bascopé, Alfonso Gumucio Dagron,
Félix Salazar, Jaime Nisttahuz y Manuel Vargas
No recuerdo cómo lo conocí pero René no era aún parte del grupo cuando hacia 1969 o 1970 comenzamos a reunirnos los jóvenes escritores que éramos Manuel Vargas y Jaime Nisttahuz. René no había concluido sus estudios de ingeniería.

Alrededor del poeta Pedro Shimose y de la editorial Difusión de Jorge Catalano, nos reuníamos para tomarnos muy en serio la literatura. En la revista Difusión estrenamos poemas y cuentos, y allí se publicó por primera vez el poema sobre el Ché que acababa de escribir directamente en castellano el poeta ruso Evgueni Evtuchenko, luego de su visita a La Higuera.

Desde el golpe militar de 1971 no había en Bolivia un resquicio cultural. Las principales revistas –Letras Bolivianas, Cultura Boliviana y Difusión- habían desaparecido “de golpe”.  

René se inclinó hacia la narrativa y en 1971 obtuvo el Premio Nacional Franz Tamayo con su libro de relatos Primer Fragmento de la noche. Su cuento “Ángela desde su propia oscuridad” obtuvo en 1977 el Premio Cuadernos de Vientos Nuevos y fue publicado en esa misma colección.

Gracias a Pepe Ballón que dirigía la imprenta, la Universidad Mayor de San Andrés nos ofreció la posibilidad de publicar en 1979 un libro colectivo y para ello juntamos treinta cuentos. Dimos muchas vueltas en torno al título. Jaime Nisttahuz sugirió “Reunión de emergencia” pero al final se impuso Seis nuevas narradores bolivianos, para subrayar la intención que nos animaba. René incluyó allí los relatos: “Ventana”, “EI portón”, “La parábola del conjuro”, “La noche de Cirilo” y “Ángela desde su propia oscuridad”.

René era un poeta clandestino que no quería aparecer como tal. Ahora que los secretos no tienen mayor sentido es justo mencionar ese aspecto de su trayectoria y rescatar aquello que le corresponde como creador. René escribía mucha poesía pero publicaba muy poca. Cuando lo hizo se escudó detrás del seudónimo “Ernesto Javier”. Una parte de su caudal poético fue dado a conocer a través de una amiga suya, Martha Gantier, que firmó dos poemarios obteniendo con ellos dos años consecutivos el Premio de Poesía del Concurso Nacional Franz Tamayo.

Semanario Aquí

Hasta 1980 René alternaba su oficio literario con trabajos esporádicos en el campo de la ingeniería civil como en la docencia. En 1978 una novela suya obtuvo un segundo premio nacional pero René detuvo su publicación y la destruyó. “Consideré que era una obra escrita irresponsablemente, prohibí su publicación y la deseché para siempre”, escribió.

Con los cuentos de Niebla y retorno obtuvo en 1979 otra vez el Premio Nacional Franz Tamayo, mientras “La parábola del conjuro” obtuvo en Cochabamba otro premio en la colección Cuadernos de Vientos Nuevo que dirigía Roberto Laserna. En 1978 y 1980 Bolivia vivió tres años de intensa actividad sindical y política, no era posible ser indiferente.

Estuvimos junto a Luis Espinal en el semanario Aquí desde principios de 1979. No éramos aún parte del Consejo de Redacción pero publicábamos cada semana una o dos notas firmadas. De esa época data el impulso que acompañó a René hasta su muerte: quería participar en la política sin abandonar la literatura.

En enero de 1980 una bomba estalló en la puerta del semanario y hubo que buscar un lugar más seguro. En marzo fue secuestrado Luis Espinal, torturado a lo largo de la noche y asesinado al amanecer. La guerra contra el semanario había empezado antes con anónimos y amenazas telefónicas, pero esta vez los hechos definieron con horror los alcances de esa adversidad.

Mantuvimos nuestra actividad como grupo a pesar de todo. Creamos una colección de libros: “Palabra Encendida” que vendíamos en ferias de autores y que nos permitían un contacto directo con los lectores. A principios de 1980 inauguramos lugar de encuentro, “Puerta Abierta” (en la calle Bueno), con el concurso de artistas plásticos como Edgar Arandia. Allí se exponía pintura y se presentaban nuestros libros. “Puerta Abierta” tuvo, como muchas iniciativas, corta vida.

El exilio tiene cara de hereje

En el exilio mexicano, con Mario Miranda,
Oscar Prudencio y Jorge Mansilla
El golpe militar del 17 de julio 1980 silenció al semanario Aquí. Sobraban razones para perseguirnos a todos y así sucedió. Al cabo de unas semanas René y yo encontramos asilo en la Embajada de México. Jaime Nisttahuz y Manuel Vargas lograron evitar el cerco, aunque Manuel salió del país un año más tarde por causa de un relato que publicó en el diario Presencia.

En el asilo de la embajada mexicana decidimos escribir un libro a cuatro manos, turnándonos frente a mi máquina de escribir portátil. Así nació La máscara del gorila, con un análisis histórico de René sobre el ejército boliviano y mi testimonio sobre el golpe. Pero después René decidió retirar su parte del libro al darse cuenta de que no había contado con la documentación necesaria para hacerlo bien.

En México se inició una nueva etapa: la sobrevivencia. El periodismo era nuestra única opción. El “Gato” Salazar y Coco Manto nos ayudaron a conseguir trabajo, yo en la sección internacional de Excélsior y René en la de El Día.  Retomó el oficio literario escribiendo uno de sus mejores cuentos: “La noche de los turcos” que obtuvo una mención en el concurso de la revista Plural en 1982.

En México
René fue de los primeros en regresar. México había sido su primera salida de Bolivia (y de México un viaje relámpago a Holanda) y sería su última. Al poco tiempo de volver a La Paz retomó el semanario Aquí. Luis Espinal había sido asesinado cuando el semanario cumplía un año de vida; René Bascopé fue director durante cuatro meses en 1980 y 17 meses entre 1983 y 1984.

En esa nueva etapa publicó dos ediciones seguidas de un ensayo que había escrito en México: La veta blanca, donde aborda las conexiones del poder militar con el narcotráfico. El título hace alusión a la cocaína que ha transformado la economía del país y dividido transversalmente a la sociedad boliviana.

A fines de 1984 filmé a René para mi película semi-documental sobre Luis Espinal. Durante dos días, un jueves y un viernes en que se producía el semanario, René actuaba explicando a otro personaje (interpretado por Pachi Ascarrunz) las circunstancias del asesinato de Espinal. La última escena en la imprenta nos dejó a todos sin aliento: al terminar René la cámara descubría en un rincón oscuro mediante un juego de luces la silueta de Espinal, otra evocación premonitoria.

Matilde Casazola, Alfonso Gumucio, René Bascopé
y Jaime Nisttahuz en una feria de autores en La Paz
René había retomado la costumbre de llevar un revólver en la cintura. Volví a hacerle la broma acostumbrada (“te vas a volar los huevos”) sin suponer lo que iba a suceder. Esa misma noche después de la filmación, apenas cuatro horas más tarde, René Bascopé estuvo a punto de morir. El proyectil penetró su vientre en diagonal, con tan mala fortuna que tocó el hígado, los intestinos, un pulmón, un riñón, atravesó longitudinalmente el bazo y se detuvo centímetros antes de salir. La intervención quirúrgica duró más de siete horas. René recibió seis litros de sangre, algo de la mía.  Los donadores voluntarios hacían fila en la clínica. Mucha gente lo respetaba y lo quería.

Eso fue el 16 de junio. Cuando recuperó conciencia pude verlo y darle la noticia de que el jurado del Premio de Novela Erich Guttentag le había otorgado en forma compartida el segundo premio a su novela La tumba infecunda y a Ramón Rocha Monroy por El run run de la calavera.

René le ganó espacio de duda a la muerte. Tres semanas después fue dado de alta y quedé convencido de que estaba fuera de peligro. No fue así. Fue arrebatado por una septicemia y dos paros cardiacos consecutivos que cerraron ese espacio de duda que temporalmente le había arrancado a la muerte.
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Y también la poesía puede hacer esto: alzar del suelo una cosa cualquiera y levantarla hasta las estrellas. Poesía que ocurre cuando se produce una pequeña victoria de la belleza y/o inteligencia sobre la fealdad y/o la tontería del mundo.

—Julio Barriga

08 julio 2017

Cine a las carreras

Borges decía (o dicen que decía) que la guerra de Las Malvinas fue una pelea entre dos calvos por un peine.  La afirmación burlona es muy dura para los argentinos y no toma en cuenta consideraciones históricas, pero la frase me sirve para caracterizar la disputa entre las facultades de Humanidades y de Ciencias Sociales de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) para crear la carrera de cinematografía en medio de la politiquería barata y la mediocridad que corroe a la universidad pública.

Dos facultades de la misma universidad pugnan por una carrera de cine y yo me pregunto por qué y para qué… ¿Cual es la motivación real detrás de esa pretensión? Para empezar, ambas facultades tienen otras carreras con las que apenas pueden lidiar, algunas en estado lamentable como la carrera de comunicación en la facultad de Ciencias Sociales que se aloja en el edificio René “Zabaleta” (así, con “b” labial, escriben los ignaros de esa facultad en la placa de inauguración del edificio).

En Bolivia hay varias opciones privadas para estudiar cine, entonces, ¿a qué se debe la insistencia? ¿Qué perfil académico necesita nuestro cine? ¿Queremos más directores ‘genios’?  Ya tenemos suficientes que no pueden hacer cine por falta de recursos. En cambio carecemos de técnicos, de productores y de guionistas. Los pocos que hay se han hecho en la práctica y podrían dar buenas lecciones a muchos graduados.

Un proyecto que trae cola
Hace cuatro años me invitó la Carrera de Literatura para participar en la iniciativa desarrollada con el Ministerio de Culturas, mal llamada “12 Películas Fundamentales de Bolivia”. El proyecto coordinado por Mauricio Souza (uno de los mejores críticos de cine del país) y Guillermo Mariaca, era más ambicioso que su pobre título, ya que concluyó con un libro de 484 páginas (del cual soy coautor junto a Carlos D. Mesa, Pedro Susz, Santiago Espinoza y Andrés Laguna, y otros), y cuatro CD con el libro en PDF, materiales de apoyo didáctico para enseñanza secundaria y el diseño curricular universitario. El libro ya no existe, se imprimió en tan pocos ejemplares que nadie lo conoce. Es un desperdicio del esfuerzo realizado y revela poca seriedad en el seguimiento de la propuesta.

Abrir la carrera de cine en una universidad pública con tanto conflicto interno entraña un gran peligro: habría 500 inscritos cuyo principal interés es tomar las cámaras y jugar con ellas sin saber muy bien para qué quieren hacer cine. Con tantos estudiantes la tarea sería imposible. La fascinación por la tecnología se llevaría por delante la necesidad de contar con estudios académicos que cumplan con las exigencias de investigación que toda universidad debería tener como objetivo.

Para manejar una cámara no se necesita una universidad sino una escuela técnica. Hasta en la red (web) se pueden aprender las cuestiones técnicas. La universidad sirve para aprender a pensar, aunque en la UMSA pocos usan su cerebro para eso.

Estudiar cine es mucho más que manejar la técnica: es aprender a pensar el cine y a reflexionar sobre su calidad de arte y de industria. Por ello una buena escuela o carrera de cine no es un lugar para aprender a manipular aparatos. Algunos de nuestros cineastas han estudiado cine en el exterior en instituciones de educación superior con mucha tradición. Lo hizo Jorge Sanjinés en Chile, Antonio Eguino en Estados Unidos, Juan Carlos Valdivia en México, Marcos Loayza en Cuba, en la Escuela de San Antonio de Los Baños donde también estudiaron cine muchos otros bolivianos de las nuevas generaciones.

Mela Márquez es la única boliviana que estudió en el Centro Sperimentale di Cinematografía, en Roma y soy el único boliviano que completó sus estudios en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC) en Paris.  Armando Urioste lo hizo en Polonia, en la Escuela Superior Estatal de Cine y Televisión en Lodz.

Cuando estudié en el IDHEC éramos solamente 22 estudiantes en cada promoción, aunque la selección empezó con 600 postulantes y duró dos meses porque era un proceso que había que vencer por competencia, sin otra consideración que la capacidad individual. En la primera etapa los 600 postulantes presentamos una carpeta de proyecto para una película. Nos reunieron en el enorme auditorio de la Facultad de Derecho en la rue d’Assas durante seis horas para someternos a la prueba de escribir un guion literario con base en una serie de fotografías. Escribí mi guion sobre racismo, en un francés que todavía era muy precario, con el diccionario Larousse a mi vera.

En prácticas del IDHEC
La segunda etapa fue tan apasionante para mí como estresante para los otros postulantes que habían intentado varias veces ingresar al IDHEC sin conseguirlo. Esta era su última oportunidad. Para mí, la primera era ya un regalo, independientemente de cual fuera el resultado final. Con base en el primer examen preseleccionaron a 82 postulantes y nos encerraron durante cinco días en un hermoso castillo en Marly-le-Roi, a 25 kilómetros al noroeste de París, y allí, el primer día, nos dieron a elegir varias pruebas que debíamos realizar individualmente durante la semana, cada quien en su habitación y sin apoyo externo (no había internet en aquellos tiempos). Una de las pruebas era la escritura de un guion cinematográfico con base en uno de los proyectos seleccionadas en la primera etapa. Otra consistía en contar una historia a través de un collage, otra era un reportaje fotográfico, otra un montaje sonoro. Finalmente, quedamos los 22 seleccionados, entre los cuales no podía haber más que cuatro extranjeros, siempre que su calificación fuera tan alta como la de los franceses.

Al final, una conversación a solas con el director del IDHEC, el cineasta Louis Daquin y su asesor el crítico de cine y cineasta Jean Douchet, quienes hicieron preguntas tan sencillas como difíciles de responder: “¿Para qué quiere ser cineasta? ¿Qué significa el cine para usted?”. Con 22 estudiantes los estudios en el IDHEC fueron una experiencia privilegiada. Me gradué como realizador (director), con especialidad en fotografía.

UMSA
Esta experiencia personal me permite reflexionar sobre la aventura a la que se quieren lanzar de cabeza dos facultades de la UMSA. Hay razones de peso para que no lo hagan.

Una universidad pública no puede limitar el número de estudiantes para garantizar una mayor calidad de los estudios, porque la demagogia política prima sobre las consideraciones académicas. Una protesta de estudiantes y se acabó. Las autoridades universitarias (que aspiran a ser rectores de la universidad algún día), no resisten huelgas y manifestaciones.

Solo estaría de acuerdo con una carrera de cine en una universidad pública, si se implementara mediante estudios rigurosos que excluyan el acceso a los equipos de filmación y edición hasta el tercer año de estudios.

El primer año debería dedicarse al estudio de la historia, la filosofía y la sociología del arte, las teorías cinematográficas, la historia del cine mundial, latinoamericano y boliviano, legislación… todo lo que ignoran los estudiantes que llegan a la universidad y que es esencial para hacer cine. Con exámenes y alta exigencia de trabajos escritos, la cifra de estudiantes podría reducirse drásticamente.

Werner Herzog
El segundo año debería incluir mucha investigación y escritura de guiones literarios y cinematográficos sobre los temas investigados, y el tercer año, ya con 30 a 50 estudiantes, debería abarcar el aprendizaje de dirección de actores, diseño de producción, animación, sonido, fotografía, escenografía, etc. Y el cuarto año, la concreción de un proyecto cinematográfico en todas sus etapas, con una película como resultado final.

Estamos lejos de eso. Lo que quieren los muchachos de ahora es acceder rápidamente a las cámaras, pero como dijo Herzog cuando estuvo en Bolivia (y no me canso de citarlo), los que quieren hacer cine y creen tener el talento necesario, pueden hacerlo con sus teléfonos celulares, que es más de lo que teníamos en nuestros tiempos. Y les aconsejó que lo más importante era “leer, leer, leer y leer”, algo que nuestros aspirantes a cineastas rara vez hacen.

La historia sigue…

Eguino, Agazzi, Sanjinés, Márquez...
Después de haber publicado en el diario Página Siete una parte del artículo que reproduzco en los párrafos anteriores, se creó la Escuela Andina de Cinematografía que dirige Jorge Sanjinés y que cuenta entre sus profesores a Antonio Eguino, Paolo Agazzi, Mela Márquez y otros importantes cineastas bolivianos e internacionales. El acuerdo con la Cinemateca Boliviana permite que los talleres se realicen en sus locales. No es la primera vez que Jorge toma la iniciativa de crear una escuela de cine y ese tipo de esfuerzo me parece mucho más coherente que una carrera de cine en la Universidad Mayor de San Andrés.

El hecho de tratarse de una escuela donde los estudiantes tienen que pagar un precio razonable por los cursos, hace que se inscriban los que realmente están interesados y ponen sus estudios de cine como prioridad en su formación académica. Esa misma condición permite trabajar con un grupo de estudiantes que no sea superior a 30, asegurando la calidad de los estudios sobre la cantidad de estudiantes, que es lo que suele echar por tierra la vocación de excelencia.

Creo que con la iniciativa de Jorge Sanjinés ya tenemos suficientes escuelas de cine, cursos y talleres en Bolivia para quienes realmente pretenden convertirse en futuros cineastas.
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Los estudios sobre cine, por desgracia, son una enfermedad.
Manténganse alejados de ellos. Salgan de allí lo más rápido posible.
Werner Herzog