07 abril 2018

Pantallas: espectáculo y narrativa


Henri Langlois 
Cuentan que Henri Langlois (fundador de la Cinemateca Francesa en 1936, que salvó durante la Segunda Guerra Mundial varios clásicos de la cinematografía mundial escondiéndolos en la tina de baño de su casa) prefería ver las películas sin sonido para apreciar mejor sus cualidades visuales y abstraerse de los efectos sonoros.

Puede parecer un ejercicio extremo e incluso un rechazo del cine sonoro y del efectismo que puede otorgar a una secuencia banal una tonalidad de terror o de comedia, pero la anécdota tiene algo de cierto, a juzgar por una experiencia cinéfila reciente.

Es innegable que una obra cinematográfica se aprecia mejor en una gran pantalla pero a veces el tamaño de la pantalla engrandece obras que solo destacan por su espectacularidad y cuyo contenido puede ser muy pobre. Ver cine en una pantalla pequeña, por las circunstancias o por decisión, suele despojar a las obras de la parte artificiosa y dejar en la retina y en la cabeza lo esencial para un análisis crítico.

Tuve hace poco una experiencia de ese tipo en un vuelo de nueve horas entre Bogotá y Barcelona, que me permitió ver en hilo cuatro películas que tenía en mi lista de pendientes: La forma del agua de Guillermo del Toro, Coco de Lee Unkrich, La hora más oscura de Joe Wright y Dunkerque de Christopher Nolan. Me hubiera gustado ver también Tres anuncios por un crimen de Martin McDonagh y The post de Steven Spielberg, todas ellas nominadas al Oscar, pero será en el viaje de regreso.

La forma del agua de Guillermo del Toro
Lo que me interesa comentar aquí es la percepción diferenciada que puede tener un espectador que ha visto esas películas en una gran pantalla y en la pantalla individual (pequeña pero de muy buena calidad) del Boeing 787 Dreamliner de Avianca.

A pesar de mis propios pronósticos, quizás influenciados por lo que había leído y escuchado, La forma del agua no me pareció la mejor obra entre las cuatro mencionadas. Ciertamente hay un trabajo de fotografía y de escenografía que podría apreciarse mejor en una gran pantalla, pero la historia con ecos de “la bella y la bestia” resulta un tanto banal, a pesar de los esfuerzos de hacerla “políticamente correcta”: una suerte de alegoría contra la discriminación, contra los científicos y militares que obran en la oscuridad de bunkers subterráneos y los buenos sentimientos de las personas sencillas y algo marginales. Lo que la pantalla pequeña retiene  es la calidad de la fotografía y la poética del relato.

Coco de Lee Unkrich
Coco, el largometraje de animación que tanto éxito de taquilla ha tenido, es sin duda una bella obra para niños y para adultos, y esta vez no solo por la espectacular técnica utilizada en los dibujos, sino por la historia, que al final es lo que mejor queda en la pantalla chica. El rescate de la tradición mexicana del Día de los Muertos a través de una historia en la que se teje el amor por la música, las relaciones familiares, las tradiciones que se heredan de una generación a otra, los falsos y los verdaderos héroes populares, entre otros temas, destacan más allá de las más vertiginosas volteretas visuales. Es un film cuyas luces y sombras se graban en la mente.

La hora más oscura de Joe Wright
Fue bueno ver La hora más oscura antes de Dunkerque, porque la segunda resulta casi incomprensible sin la primera, a menos que uno conozca bien la historia de la Segunda Guerra Mundial.

El film describe un periodo relativamente breve en la vida política de Winston Churchill que asciende al puesto de Primer Ministro en mayo de 1940, como resultado de una negociación in extremis entre la derecha conservadora en el poder y la izquierda laborista en la oposición. Contrariamente a lo que se cree, Churchill resulta gobernando para la izquierda de su país, hostigado permanentemente por la derecha que pensaba deshacerse de él rápidamente. Dotado de un extraordinario olfato político que no va en detrimento de su sinceridad, Churchill atraviesa horas de gran soledad cuando sus propuestas no convencen, pero esas mismas propuestas son las que devuelven a Inglaterra su dignidad y la preparan para lo peor que vendrá después: el bombardeo de Londres.

La extraordinaria actuación de Gary Oldman destaca en muchas escenas, pero en particular en aquella donde decide ir solo al metro subterráneo de Londres para tomar el pulso de la población y ratificar de esa manera sus propias intuiciones: el pueblo británico está en contra de cualquier pacto con Hitler y prefiere resistir hasta el final para preservar su dignidad y su soberanía.

Esta obra, de las cuatro que pude ver en el vuelo trasatlántico, es que la que mejor se sostiene porque su fuerza no radica en la espectacularidad de las imágenes, sino en la historia, en los diálogos, en las situaciones y en las actuaciones, sin desmerecer la fotografía, el montaje, la escenografía, el vestuario, la música y otras cualidades.

Dunkerque de Christopher Nolan 
Después de ver a Churchill en la cuerda floja y salir airoso como el más experimentado equilibrista (aunque no será premiado por ello en las siguientes elecciones sino derrotado por la derecha), Dunkerque aparece como una película de guerra convencional, donde lo espectacular prima sobre la historia.  Una historia que no entenderíamos bien sin conocer primero lo que muestra La hora más oscura, la difícil decisión de regresar a Inglaterra a 300.000 soldados de la Fuerza Expedicionaria de Inglaterra, acorralados en Dunkerque y en Calais, en Francia. No es una fuerza menor, pero ha sido derrotada militarmente y moralmente por el avance del ejército alemán.

Las cuatro o cinco historias personales que se desarrollan en paralelo sin llegar a entrelazarse completamente a lo largo del film, enriquecen sin duda el relato pero no llegan a desplazar la espectacularidad visual de las batallas, las batallas de aviones y toda la parafernalia de guerra.

Quizás si viera estas películas de nuevo, en una pantalla grande, mi opinión cambiaría en alguna medida, pero la experiencia de verlas en una pantalla individual (que es la forma de visionar films que tiene un crecimiento más rápido gracias a las nuevas tecnologías), me permite concentrarme en la historia y no en lo espectacular. Y en esa comparación sale ganando el espesor histórico y cultural de La hora más oscura y también de Coco.  

(Publicado en Página Siete el domingo 1º de abril 2018)
_________________________________   
Les coutures ne se voient pas. Des liens se créent entre les films, il se passe des choses. C'est comme un accrochage de tableaux : des surprises fabuleuses sont possibles.
—Henri Langlois

31 marzo 2018

La locura de Diego


Diego Rísquez

Siempre pensé que Diego Rísquez estaba poseído por una fiebre de grandeza. Mientras los demás “superocheros” —cineastas pioneros del Súper 8 como instrumento para hacer cine profesional— usábamos el pequeño formato porque no teníamos una mejor opción para abrirnos un espacio en la producción cinematográfica (el video analógico no era todavía portátil y no tenía calidad técnica), para Diego el Súper 8 era una elección y con esas pequeñas cámaras que los demás sosteníamos con una mano un tanto insegura, él se lanzaba a realizar grandes producciones con actores, vestuarios, locaciones difíciles, escenografía, etc.

Amerika, tierra incógnita (1988)
En su locura yo lo encontraba parecido a Klaus Kinski (alter ego de Werner Herzog) en Aguirre o en Fitzcarraldo (y en otras de sus desmesuradas películas) porque trataba como él de vencer grandes barreras para plasmar la aventura del camino recorrido en películas trascendentes. Mientras Diego hacía obras argumentales ambiciosas como Bolívar, sinfonía tropikal (1979), Orinoko, nuevo mundo (1984) o Amerika, tierra incógnita (1988) los demás realizábamos modestos documentales sobre temas sociales y políticos, con comunidades campesinas y obreras. Hizo con bajo presupuesto películas que lucían como si fueran grandes producciones y así llegó con mucha convicción a festivales de cine industrial a los que los demás no nos hubiéramos siquiera atrevido a presentar nuestras propuestas.

Bolívar, sinfonía tropikal (1979)
Curioso destino del hijo, nieto y bisnieto de médicos, que fueron muy reconocidos en su tiempo, el de escoger la vida incierta de artista múltiple y cineasta, aunque él podría catalogarse como pintor de grandes lienzos históricos en movimiento. Probablemente su adolescencia en Suiza e Italia tuvo que ver con ello, así como sus viajes a países de Asia en la década de 1970. Nunca abandonó su venezolanidad, a pesar de su origen isleño.

Me llevaba apenas un año de ventaja. Nació en 1949 en Juan Griego (cuya sonoridad me parece deliciosa), un puerto de Isla Margarita, con el apellido Rísquez que tiene mucho que ver con el verbo francés “risquer”, que significa arriesgar. Es lo que siempre hizo Diego en su cine, arriesgar. Dicen que quien no arriesga no gana.  Sus apuestas, a decir verdad no lo llevaron tan lejos como él hubiera querido ir —aunque Bolívar, sinfonía tropikal fue seleccionada en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes— pero se ganó un lugar respetable en Venezuela, en América Latina y en el circuito independiente internacional. 


Nos frecuentamos a fines de los años 1970 cuando acababa de realizar en Súper 8 su Poema para ser leído bajo el agua (1977), “la historia de amor entre una sirena que llega a la orilla del mar Caribe y el hombre que la conquista”, y A propósito de la luz tropikal, homenaje a Armando Reverón (1978) poema visual en el que muestra su devoción por el gran pintor venezolano. Esa admiración plasmada en el cortometraje se mantuvo durante muchos años hasta que en 2011 pudo realizar con mejores medios una ficción sobre el artista de la luz.


Llamaba mi atención la sustitución de la “c” por “k” en los títulos de sus películas, y me preguntaba por qué nunca dio el paso de hacer lo mismo con su apellido.

Alfredo Anzola, Alfonso Gumucio Dagron y Diego Rísquez, en Isla Margarita
A principios de la década de 1980, cuando estábamos ambos metidos a fondo en la producción de cine Súper 8 y nos dábamos cita un par de veces al año en el circuito de festivales de “superocheros” que incluía Ciudad de México, Caracas, Montréal, Toronto, Bruselas, París y otros destinos más exóticos como el puerto de Kelibia, en Túnez.  De esa red internacional de superochistas o superocheros formaban parte también Rafael Rebollar, Sergio García y Luis Lupone (México), Carlos Castillo y Julio Neri (Venezuela), Mario Piazza (Argentina), entre otros. Hay un par de investigaciones publicadas en años recientes que dan cuenta de esas apuestas sin mucho futuro.

Fue también al borde del mar y en su propia tierra de nacimiento que estuvimos la última vez, en el Festival de Cine Latinoamericano y Caribeño, en Isla Margarita, Venezuela. Estuvimos allí con otros colegas del cine a fines de octubre del 2012. (En la foto, Diego con sombrero y el cineasta Alfredo Anzola, con barba).

El sábado 13 de enero Diego murió en Caracas. Un tumor cerebral se llevó a este compañero de encuentros episódicos y distantes. Le quedó para siempre el mérito de haber sido pionero del cine Súper 8 en su país. 

(Publicado inicialmente en Página Siete, el domingo 4 de marzo 2018) 
______________________________
Hay que ser un artista para entender a otro.
Los críticos de arte no se parecen mucho a los grandes pintores.
—Norman Mailer